Sylvester Stallone, el mazado de ‘Juego de tronos’ y uno de los protas de ‘Fast to Furious 5’ se reúnen en un drama intimista sobre un profesor de piano que debate acerca del amor en un huerto de naranjos. No, ahora en serio: Tres héroes de acción de diferentes épocas se reparten mamporros en un ambiente de corrupción y bajos fondos en ‘Una bala en la cabeza’.

‘Una bala en la cabeza’: Trailer

‘Una bala en la cabeza’: Sinopsis

Jimmy Bobo (Sylvester Stallone) es un sicario de Nueva Orleans duro e implacable. Tras su último trabajo, sufre un ataque inesperado por parte de Keegan (Jason Momoa), una imparable máquina de matar que ejecuta sin contemplaciones a su compañero (Jon Seda). Dispuesto a tomarse su venganza, Jimmy se verá obligado a colaborar con Taylor Kwon (Sung Kan), un detective de la policía no muy acostumbrado a los métodos expeditivos. Aunque pronto descubrirá que Jimmy es el arma más eficaz para acabar con una peligrosa organización que ha corrompido a la policía y las altas esferas de la ciudad.

Cartel del film 'Una bala en la cabeza'

Cartel del film ‘Una bala en la cabeza’

‘Una bala en la cabeza’: Crítica

En una de las secuencias iniciales de ‘Una bala en la cabeza’, el compañero de Jimmy Bobo (Sylvester Stallone) le dice a éste, en tono jocoso, que se está haciendo mayor para ese trabajo. La cara que ofrece Sly como respuesta se la pueden imaginar (más que nada porque Sly solo pone una cara, así que es la de siempre): Un gesto serio y una mirada mantenida que ríete tú de la de Artur Mas cada vez que sale de la Moncloa.

Sung Kan y Sylvester Stallone en 'Una bala en la cabeza'

Sung Kan y Sylvester Stallone en ‘Una bala en la cabeza’

No hay mejor imagen para describir la filosofía de ‘Una bala en la cabeza’, una producción de Joel Silver (‘Arma Letal’), dirigida por Walter Hill (‘Límite 48 horas’) y protagonizada por Sylvester Stallone (‘Rambo’) que, cual Peter Pan del celuloide, se niega a salir de los códigos que instauraron las películas de acción de los 80 y 90. Durante la hora y media de función casi llama la atención ver un teléfono móvil en pantalla. La planificación, los encuadres, y hasta el atuendo de los personajes remiten a obras maestras del género como ‘Huida a medianoche’ o ‘Danko Calor Rojo’, por los que ya han pasado… (agarraos, treinteañeros, esto va a escocer) un cuarto de siglo.

Jason Momoa en 'Una bala en la cabeza'

Jason Momoa en ‘Una bala en la cabeza’

Vale, es verdad que Walter Hill mueve un rato la cámara en plan documental como hacen los modernos ahora, (los modernos, añado yo, que no saben rodar y, heridos en su orgullo, quieren provocar mareos en la audiencia como represalia) pero casi parece que lo hace por compromiso, y que se siente mucho más cómodo encarando las peleas cuerpo a cuerpo en planos largos y amplios. Y vale, es verdad que los malos de la función son especuladores de terreno (la vileza de moda), pero más allá de esa etiqueta el tema no trasciende para nada en la película.

Sylvester Stallone en 'Una bala en la cabeza'

Sylvester Stallone en ‘Una bala en la cabeza’

Y es que por encima de estéticas, lo que rezuma ‘Una bala en la cabeza’ es una mirada nostálgica a ese tipo de historias locales maniqueístas. Frente al cine de acción actual, basado generalmente en el “High Concept” (un original punto de partida preferiblemente paradigmático) y la acción digamos sobrehumana, ‘Una bala en la cabeza’ muestra una historia local de vasos de whisky y resuelta en puñetazos de taberna. Dice Walter Hill que todas las películas que ha dirigido las ha encarado como westerns, y uno ve reflejado en ‘Una bala en la cabeza’ esa camaradería y esa filosofía de vida basada en el honor y los principios. (Y que encarna, nada disimuladamente, el mafioso interpretado por Jason Momoa)

¿Significa eso que ‘Una bala en la cabeza’ es el ‘Centauros del Desierto’ de 2013? No, por Dios. Se trata de una película anacrónica, machista, previsible y con diálogos risibles (no muy bien adaptados, por cierto, del interesante comic homónimo escrito por Matz), pero puede resultar refrescante darse un garbeo por un territorio donde los códigos de honor se respetan, donde buenos y malos están claramente diferenciados y donde las voces en off dicen verdades absolutas. Sobre todo porque, cuando uno sale del cine y se reencuentra con que los políticos se pasan sobres, los banqueros se cambian casas y los deportistas se transfunden sangre, uno piensa que Sylvester Stallone tal vez no viva en este mundo, pero que quizá tenga razón.

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