La promoción de su última película, Aprendiendo a conducir, nos da la oportunidad (junto a otros medios) de hablar generosamente con Isabel Coixet sobre cine, su carrera y su película. Una charla entretenida que, avisamos, ¡tiene spoilers!

  • De dramas has pasado a una comedia luminosa. ¿Necesitabas el cambio?

Hombre… Resacón en Las Vegas no es. La verdad es que cuando Patricia me pasó el relato tampoco lo vi como una cosa tan alejada de lo que yo había hecho. Lo que sí que es verdad es que me pareció que el tono no podía ser de tragedia. Tiene ese punto tragicomedia agridulce, amistad con tintes románticos… A mí la historia me tocó mucho, lo que pasa es que, claro, yo la leí hace ocho años. Han pasado muchos años en los que parecía que unos hindús la querían financiar, luego no, luego unos rusos, luego tampoco… luego HBO Films quiso producirla pero cuando íbamos a empezar a preparar cambiaron al director… Finalmente [aparecieron] dos hermanos, uno tiene treinta años y el otro veintiocho, que crearon un fondo de inversión (bueno, uno de ellos, Gabriel) y se hicieron ricos. Su padre es americano y su madre es peruana, y decidieron comprar el guión y financiar la película porque se enamoraron del proyecto. Yo ya hacía dos años que pensaba “esto no se hará nunca” y me llamaron en junio y en agosto estábamos rodando. Esas cosas pasan a veces, aunque a mí es la primera. Yo siempre les preguntaba “¿pero esto [el dinero] no será del narcotráfico, no?”, por saber lo que podía pasar.

  • Veniendo de hacer un drama y una película de terror, ¿a qué se debe ese cambio a la comedia?

Es divertido, ¿no? No sé, han sido cosas que han ido saliendo. Bueno,en el caso de Ayer no termina nunca fue una película me empeñé muchísimo en hacer; quería ver cómo era contar esto de una historia solamente con dos personajes en un lugar desolado. No sé, en la historia del cine también ha habido muchos directores que han hecho cosas muy eclécticas con diferentes resultados y a veces metes la pata. Lo que sí te puedo decir es que el género de terror es algo que no pienso volver a hacer: ahí sí que salí pensando “esto no es lo mío”. Fue una experiencia bastante tremenda por muchos motivos, pero yo creo que está bien de repente hacer cosas que no has hecho nunca, probar que puedes hacerlas o probar justamente lo contrario. Pero no es ningún plan: yo voy encontrando materiales que me gustan, que me inspiran y que digo: “vamos a ver qué hay por ahí”.

Ben Kingsley y Patricia Clarkson

Ben Kingsley y Patricia Clarkson

  • Precisamente después de la experiencia complicada que fue Mi otro yo (2014), ¿cómo te acercaste al rodaje de Aprendiendo a conducir?

Cuando en una película entra una major estás muy perdido, es como El Proceso de Kafka, el director es al final alguien irrelevante. Lo que sí veo claro es que yo no funciono bien con una especie de Gran Hermano mirando… para mí Gran Hermano sería el horror, este control férreo no me va. Prefiero trabajar con productores que realmente respeten un poco al director, un poco, algo, bastante si puede ser. Y yo después de Mi otro yo pensé que no volvería a hacer una película, pero bueno, ya ves. Es como la protagonista de Aprendiendo a conducir: cuando parece que ya nunca más vas a pasártelo bien en la vida, te lo pasas bien.

  • Ayer no termina nunca estaba narrada a través de dos personajes, y eso se repite en Aprender a conducir. ¿Cómo ha sido volver a repetir el patrón, algún paralelismo?

Es que la historia de la pareja es la historia de la literatura, es la historia del cine… la primera película que se hizo, que no fue una película, es un fragmento es La salida de los obreros de la fábrica de Lumière (1895), pero en seguida ¿qué hicieron los cineastas? Pues hacer L´Atalante (Jean Vigo, 1934), Amanecer (F.W. Murnau, 1927)… la historia de la pareja sea hombre, animal, niño, mujer, planta, y la historia de un triángulo son al final los vértices de casi todas las grandes historias de la actualidad. A mí me gustan mucho las historias de pareja y realmente todavía no he hecho la historia de una, quizás también porque últimamente he pensado que la pareja tampoco es tan importante. De hecho, la historia de La Librería es la historia de una mujer con un sueño que es tener una librería, que también es uno de los sueños que yo siempre he tenido. Y esto que parece un sueño pequeño se transforma en una pesadilla, como suele suceder.

  • Ya habías trabajado antes con Ben y con Patricia, ¿qué es lo bueno y qué es lo malo de repetir con el reparto?

Lo bueno es la confianza. Sé de lo que son capaces, hasta qué punto puedo pedirles cosas… y lo malo es también la confianza. Hay veces que tienes que cantar las cuarenta y cantárselas a un actor con el que estás trabajando pero con el que no tienes ningún vínculo es más fácil que a alguien que es amigo tuyo, que ha estado en tu casa, que le has preparado la comida, que sabes muchas cosas de él, y él y ella saben muchas cosas de ti… en ese sentido con la que más me peleé fue justamente con Patricia. Así como Ben en seguida se puso el turbante y se camufló en sij, él, que no tiene nada de sij… todo el mundo tiene esa idea de él porque hizo Gandhi (Richard Attenborough, 1982), pero hizo Gandhi y era la primera vez que iba a la India. Su padre era indio y él siempre ha tenido un conflicto con sus raíces… bueno, hizo también otro papel en Casa de arena y niebla (Vadim Perelman, 2003)… pero del mundo sij, si yo no tenía ni idea, él todavía menos. Pero se lo tomó como un ejercicio para aprender de una cultura de la que no sabía nada y estaba súper tranquilo. Cogió el movimiento que hacen ellos con el turbante, que a mí me hacía mucha gracia cada vez que lo hacía. Y Patricia creo que se angustió un poco porque ella había sido quien nos había embarcado en la historia. Ella era quien había comprado los derechos del relato que se publicó en el New Yorker y eso creo que la ponía muy nerviosa. Durante el rodaje nos gritamos varias veces pero seguimos siendo amigas. Es una tipa a la que adoro, pero es que este paraíso que dibujan los directores de “no, todo es maravilloso” y los actores: ”no, el director es maravilloso…” Pues yo creo que si en algunos momentos le hubieran preguntado a Patricia no hubiera dicho que yo era maravillosa sino todo lo contrario. Pero es lo normal. Lo raro es que sea maravilloso.

Ben Kingsley e Isabel Coixet durante el rodaje de la película

Ben Kingsley e Isabel Coixet durante el rodaje de la película

  • Volviendo a los personajes, en esta película se habla de la idea de conformarse no como una opción cobarde, sino como una forma de ser valiente y tirar hacia delante. ¿Para los personajes la experiencia es un grado o una desventaja? (peligro, spoilers!)

¿Sabes qué pasa? Que es que no hay nada que sea un grado o una desventaja. Por ejemplo, en el mundo laboral a veces vas con un cv de la hostia y la persona que tienes delante lo que prefiere es al otro que tiene un poco menos de cv y no le va a hacer sombra. Hay siempre un entramado de relaciones que no sabes qué es mejor y qué es peor. ¿Los personajes? Pues te das cuenta que una tipa de cincuenta años, intelectual, que se lo ha currado ella sin que nadie le haya regalado nada, que ha llegado a un nivel, pues de repente ha dado por hecho que tiene un marido, una hija, una casa estupenda… y que cuando le quitan el marido, al final, yo a veces tenía la sensación de que lo que más le importaba a ella era lo de la casa. Yo siempre digo ¿esto es amor o es un mundo inmobiliario? Porque muchas veces con una pareja establecida parece que las cosas van unidas. Pero también se comporta como una histérica y una adolescente; no se da cuenta de que el otro está en otra y que no es que la haya dejado por una tía más joven: es que la ha dejado por otra mujer porque le gusta más y se ha enamorado de la otra. Y esto tan sencillo le cuesta muchísimo entenderlo por muchos libros que haya leído, por muchas tesis sobre Jane Austen que haya escrito: no acepta las cosas más sencillas que le da la edad.

Y la veteranía… también ves al otro que ha tenido una vida durísima, que es un exiliado político, que ha estado en la cárcel, que le han torturado y que le traen una mujer del Punjab y la tiene en casa y no sabe realmente qué hacer con ella. Y le reprocha, aún encima, que no habla inglés. Pero ¿cómo va a hablar inglés? Pues no sabe inglés ni sabe leer ni escribir, y no lo sabe. Eres responsable y tendrás que hacer algo, no puede ser solo que le dejes el dinero y no le enseñes el barrio. Pero esto es algo muy común. A mí, por ejemplo, lo de los matrimonios arreglados me parecía una locura, no lo entendía, y luego estuvimos hablando con mujeres que habían tenido matrimonios arreglados y algunas te decían que eran muy felices, que les había funcionado muy bien y que llevaban años, y otras en cambio te decían que era un infierno y te lo decían, además, claramente. Y te das cuenta que es como en los matrimonios no arreglados: todo es como una lotería extraña, y a veces funciona y a veces no funciona.

  • Ha dicho alguna vez “en el mundo caben todas las historias”. ¿Dónde colocaría esta? (peligro, spoilers!)

Esta historia es como darle la vuelta a eso de “chica encuentra a chico”. Aquí la chica tiene cincuenta y el chico como setenta, así que es diferente sobre todo porque uno se da cuenta de las consecuencias de las cosas. Uno se da cuenta que no puedes estar predicando y luego no ser coherente. En ese sentido creo que él le enseña ciertas cosas a ella pero ella también le enseña a él poniéndole de frente con su realidad: “tú me has dado fe en la humanidad otra vez… tienes una tipa en casa que la has traído de una aldea del Punjab, tío, cúrratelo”. Yo pienso que en ese sentido la película termina como tiene que terminar. Eso que te dicen a los veinte años de “las relaciones hay que currárselas”, tú dices: “vaya pereza”, pero en otros momentos de la vida te das cuenta de que o te lo curras o vas a estar más solo que la una.

Ben Kingsley y Patricia Clarkson en una escena de la película

Ben Kingsley y Patricia Clarkson en una escena de la película

  • El guión viene firmado por otra persona pero tiene mucho de ti. ¿En qué medida has participado en ello?

Yo no soy del sindicato de guionistas americanos porque hay que pagar una cuota que… así que no puedo salir firmando, pero siempre en los guiones que no he hecho he participado mucho, he cambiado cosas, añadido otras que no estaban… pero es lo normal. Cada director le da un aire, quitas las cosas que piensas que no son necesarias, cortas diálogos que te parecen demasiado explicativos… pero yo creo que la película es muy fiel al tono de la historia original aunque en la historia original el taxista que le enseña a conducir era filipino, y es que hay tan pocos taxistas filipinos en Nueva York que era casi una anécdota, entonces yo busqué una comunidad que fuera más normal: el 40% de los taxistas en NY son sij porque tienen una cooperativa y es muy normal, y era más fácil conseguir el apoyo de la comunidad sij que de la filipina, que pasaron un poco.

  • En esta película has trabajado con Thelma Schoonmaker, la legendaria montadora de Martin Scorsese. ¿Qué ha aportado ella a tu mirada?

Yo conocí a Thelma a través de Patricia, porque se habían conocido en Shutter Island de Scorsese (2010), y a mí cada vez que me decía que la conocía me entraba como una especie de temblor: es como la montadora más mítica de la historia del cine. Y un día fui [con ellas] a tomar un café, empezamos a hablar: “¿Qué estás haciendo? Pues estamos preparando esta película ¿Y tenéis montador? No ¿Y por qué no me enviáis el guión?” y yo pensaba: ¿pero esto está ocurriendo? Y claro, luego te das cuenta de que Thelma está esperando que alguien que no sea Scorsese le proponga una cosa diferente y le llame para hacer otra cosa porque ya conoce las posibilidades del otro y al menos esto va a ser un desafío. Tengo que decir que nos lo pasamos muy bien en la sala de montaje, que el 80 % de las veces ella tenía razón pero que el otro 20% me hizo algún caso. Había días que yo salía de la sala de montaje en los que yo veía la escena de una manera, ella la había montado de otra y yo le decía: “en esta toma ella está un poco rara”, y ella me decía “no, no, está muy bien, es muy divertida”, y al día siguiente cuando volvía ella había puesto una de las tomas que a mí me gustaba y ella me decía “tenías razón”. Cada vez que ella decía eso yo era muy cool, pero por dentro decía “¡bien, lo he conseguido!”. Es una tipa que me ha enseñado que no hay que ser muy autocomplaciente con lo que haces, que hay que cortar, y a veces me costaba. Pero creo que se lo ha pasado muy bien haciendo la peli porque es otro planeta… por ejemplo solo en nivel de material: nosotros rodamos cinco semanas con una cámara, Scorsese rueda trece semanas con tres cámaras a veces. Para ella esto ha sido pan comido, porque solo descartar material para la película de Scorsese ya es un trabajo brutal.

  • Si en algún momento pudiera tener un cheque en blanco sin ningún límite, ¿qué historia le gustaría llevar al cine?

Creo que la película que voy a hacer ahora, en octubre, es una película que hace mucho tiempo que quiero hacer y es, quizás, la única vez que voy a hacer un personaje que siento que soy yo. Es de una novela que se llama La librería, de una autora que se llama Penelope Fitzgerald, a la que siempre la he admirado mucho. Si me dieras el talón ahora te aseguro que no la haríamos en octubre, empezaríamos dentro de un mes. Tiene un personaje que es el más cercano a mí, porque yo hay cosas de los personajes de los que hablo que me identifico pero nunca puedo decir “es que este personaje soy yo”, pero con este sí.

Sarita Choudhury (Jasleen) y Ben Kingsley (Darwan) en una escena de APRENDIENDO A CONDUCIR

Sarita Choudhury (Jasleen) y Ben Kingsley (Darwan) en una escena de APRENDIENDO A CONDUCIR

  • Saliendo de la película, dos cuestiones: ¿por qué no te gusta rodar en España, y cuál es tu opinión sobre Ignacio Wert, ex Ministro de Cultura?

Yo es que salí de Barcelona hace mucho tiempo y esta vida nómada que he llevado me ha llevado mucho por ahí. Tampoco es que yo hiciera un plan “no, ahora voy a rodar fuera porque soy una snob”. No, son cosas que han ido saliendo. Aquí hubo una temporada que, con tantas crisis económicas, yo trabajaba en una agencia de publicidad y me salió mucho trabajo en EE.UU. y salí y escribí un guión que pasaba allí, que fue Cosas que nunca te dije (1996), pero para mí era normal porque era la vida que estaba llevando en ese momento. Pero luego hago una película aquí como Ayer no termina nunca (2013) y me caen palos por todos lados… nunca estáis contentos [risas]. Y lo de Wert… exactamente lo que ha hecho yo no lo sé, lo reconozco. No soy de estos colegas míos que saben lo de la Ley del Cine. Yo he leído tres veces el Ulises de Joyce pero a mí me dan un documento legal… hasta los contratos no los leo porque paso del primer párrafo y me aburro. Es como las páginas deportivas de los periódicos o las retransmisiones de las corridas. Lo que me llegaba desde fuera era malo, aunque ayer leí un artículo diciendo que el de ahora es peor. ¿No va a haber ninguno bueno? Desde fuera la sensación es de que nos perdemos en un bosque que no nos deja ver las ramas. Yo es que a los políticos les pido tan poco… pragmatismo, sentido común, que no meta la mano en la caja, menos banderas e himnos ni banderines (si la bandera en sí no es nada, yo es que soy muy poco de eso, de marchas…), que no empleen a los cuñados, bueno, si el cuñado es un genio… pero en la historia de la humanidad no ha habido ningún cuñado genio. No sé, igual el tío [nuevo] es cojonudo, no lo sabemos.

  • ¿Cree que a veces hay que salir de la zona de confort, como hace el personaje de Wendy, para avanzar o crecer como persona?

Yo creo que el confort no es bueno para ningún creador. Recuerdo que la primera vez que fui a Los Ángeles me llevaron a casa de un director muy famoso y claro, yo vi aquella piscina, y el servicio y los siete coches en el garaje y pensé: “este hombre no vuelve a hacer una buena película… ¿para qué quiere hacerlas si ya tiene la vista, la palmera, la piscina, el lamborghini?” No sé, cuando te han puesto en un pedestal y te lo crees… ¿cuál es el desafío? ¿para qué hacer otra cosa? La historia del cine también la escriben esos directores que hacen una película fantástica y luego, por miedo a cagarla, no vuelven a hacer otra nunca más. Y luego van “no, no me han dejado…” ¡Mentira, no has querido! Te acojona cagarla, y la cagamos todo el mundo que hacemos películas. No hay nadie que haya hecho veintisiete películas perfectas, no es verdad, y yo prefiero cagarla haciendo cosas que no quedarme: “¡no, no, yo no hago nada más que igual ya no me van a querer y van a decir que no soy un genio!” A mí me la suda que me llamen genio o que me llamen gilipollas. Los atisbos de felicidad que tengo son cuando hago una película. ¿Que luego tienes que soportar que te llamen de todo? Bueno, ya tengo un callo con eso. Pero como tampoco me creo a quienes adoran todo lo que hago pues es así… la montaña es una montaña rusa, y ya está.

Una Respuesta

  1. Crítica de la película "La librería": Verdadera pasión por los libros

    […] Isabel Coixet (Aprendiendo a conducir, Nadie quiere la noche) dirige La librería, una película tan amable, cercana y delicada como absolutamente solvente y extraordinaria. Un verdadero canto al amor, a los sueños por cumplir, a la libertad, al feminismo… todo ello reflejado en cada recoveco desde su planteamiento, algo que irremediablemente la convierten en una obra cautivadoramente exquisita y conmovedora. Una película con la sensibilidad “a flor de piel”. […]

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